lunes, mayo 25, 2015

nido (Georgina Castillo)

rebotas mil veces
del barranco al (nido)
de la pesadilla al (nido)
y del (nido) al paraíso

el nido
(donde todo acaba
y todo empieza)

un día
(sin avisar)
tiene cerradura
nueva



de Paréntesis), Paralelo Sur Ediciones, 2015

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sábado, abril 11, 2015

Lo bueno de ser luz (Javier Sánchez Menéndez)

La habitación está siempre ordenada. El orden de la vida es impropio del orden de la muerte. Los libros y las sombras me acompañan. Arrastro la estantería por el pasillo y todos miran con una ingenuidad desconcertante. No me caben los libros. Acudo de Marylebone al Paseo de la Palmera. Hace mucho calor y no recuerdo, ordeno las ideas. Entre la dispersión, causada por tu olor a hierba fresca, y el sufrimiento, no consigo acabar nunca el poema. ¿Se debe acabar algo? Todo es siempre el comienzo. Todo empieza después, nada se inicia antes.

Los libros no se limpian, los libros se devoran, se leen. Una manzana verde y un libro se ven en el espejo casi siempre. En la literatura todo lo imprevisible es prescindible. Igual que el simple orden, incansable y veloz. Como esos pájaros que habitan en la infancia, donde quiero volver.

Lo bueno de ser luz es la mirada. Estar seguro entonces de que nadie vendrá a odiarnos, ni los imprevisibles. Lo bueno de ordenar está en el caos. Nadie puede dejar de estremecer el orden.

Los poetas se marchan. Los poetas no acuden, con la galantería, a las fiestas políticas. Los poetas se expulsan. Su poder de palabra es manifiesto, nadie quiere temblar. Por eso los poetas, que son los del lenguaje, no pertenecen a las desilusiones. Y el orden vuelve a irse y a quedarse conmigo. Las reglas ortográficas de la caligrafía se colocan de acuerdo al rigor conferido. Los libros y las sombras ocupan poco espacio.





(de Mediodía en Kensington Park, La Isla de Siltolá, 2015)

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martes, marzo 24, 2015

Los nadadores nocturnos (Manuel Vilas)

Voy a nadar al gimnasio, sí, prácticamente todos los días.
Bajo el agua parece que el fracaso no existe.

Miro a los otros nadadores de las otras calles de la gran piscina.

Nos miramos vagamente; las gafas de bucear impiden
ver el color de los ojos, ver los rostros torturados.

Nadamos y nadamos como fantasmas hasta las once de la noche,
cuando cierra el gimnasio.

Es obvio que no tenemos dónde ir.

Luego nos vemos en las duchas, desnudos.

Somos cinco o seis.

El encargado nos conoce.

Somos siempre los mismos, a veces falla alguno.

No nos hablamos.

Si falla alguno, pensamos con alegría que se ha atrevido,
que al fin alguno de nosotros lo ha hecho,
que se ha levantado la tapa de los sesos,
hasta que al día siguiente reaparece.

Nos hace ilusión pensar que ya quedamos menos.

Sabemos perfectamente por qué nadamos por la noche.

Hay un bar de copas al lado del gimnasio.

Ninguno de los nadadores nocturnos
quiere llegar a casa a las once y media.

No hay gimnasio con piscina
que abra hasta las seis de la madrugada.

En el bar nos encontramos, no nos hablamos.

Conocemos nuestros rostros, el color de nuestros bañadores,
el modelo de gafas, buenas y caras gafas siempre,
Adidas de competición rojas o azules,
la fuerza en la brazada, el estilo del crol
de cada uno de nosotros, los nadadores nocturnos.

Bebemos en ese bar, regentado por chinos casi muertos,
después de haber nadado hasta el agotamiento.

Bebemos y nadamos, esa es nuestra vida,
pero jamás, nunca jamás nos dirigimos la palabra,
es un pacto, un raro pacto entre samuráis hundidos.

Si alguno de nosotros necesita algo,
solo le prestaremos
el estilete más afilado de España.

La muerte nos gusta, por eso nadamos y nadamos
hasta que el gimnasio cierra y nos echan,
con los brazos convertidos en acero, músculos
tan atormentados, tan desesperados
como los planetas sin nombre,
dando tumbos en la estúpida oscuridad del universo.

Siempre estamos esperando
que alguno no venga nunca más,
pero resistimos como hijos de perra,
todo un misterio de los nadadores nocturnos.



(de El hundimiento, Visor Libros, 2015, XVII Premio de Poesía Generación del 27)

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sábado, marzo 07, 2015

ALGUIEN (Natalia Litvinova)

Alguien limpia
con un pañuelo

transparente

donde me nace
la angustia.

Ojalá sea tu mano.
Ojalá te ensucie.



(de Grieta, Amargord Ediciones, 2014)

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lunes, febrero 16, 2015

Localización de exteriores (Víctor Peña Dacosta)

Mi adolescencia fue siempre una siesta,
en ocasiones compartida, mínima
antología de cerveza fría
y sexo caliente a un precio excepcional.

Mi madurez, en cambio, una resaca
con altibajos, arroz chino y suave
síndrome de abstinencia emocional
de media hora los viernes por la tarde.

Mi vida, en general, ha consistido
en hacer mudanzas, perder el tiempo
y los papeles, mantener los hábitos
y la paciencia, intentar acordarme
de dónde había dejado las llaves.

Nunca partí al exilio, jamás vestí uniforme,
fui víctima de un ERE y me fui de vacaciones
pensando en quedarme. Sobreviví a mil reuniones
y a demasiadas madrugadas
entre desconocidos kamikazes.
Al final dije, como tantos,
adiós a las barras y empecé a beber
en casa, como un burgués arruinado
entre las ruinas de su vagancia.
Leí ensayos, compré corbatas
y me enamoré para siempre
un par de veces a la semana.

Y, al menos una de ellas, fue de ti.



(de La huida hacia delante, Isla de Siltolá, 2014)

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miércoles, enero 28, 2015

Vestida de domingo (María Alcantarilla)

A lo inservible como a la voz callada
ante el decir de otra voz que no conoce.
A la luz que se presiente sin ser luz,
batida a la mitad de cualquier día.
A ti, que no eres nadie y te imagino
vestida de domingo,
alta,
asomada a la única ventana de la sombra.
A mí, vano espacio que pretendo lo demás
sin saber siquiera cómo hará la vida
para citarme hoy y que la escuche.



(de Ella: invierno, Valparaíso Ediciones, 2014)

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miércoles, enero 21, 2015

La cura (Álex Chico)

A veces todo lo importante
sucede en una minúscula fracción de tiempo:
el dibujo que alguien traza mientras cae,
la línea transparente del curso del agua.
Ambos vuelven de lejos
y se reúnen con otra corriente más lejana.
La grieta se abre y nos descubre,
en su profundidad, una razón oculta.
(La alegría que supone vivir a solas
cuando te protegen ciertos seres,
igualmente invisibles.
La forma de estar en otros.
Los aplausos de un auditorio en ruinas.
La piel al descamarse lentamente por el frío).

Basta sólo un minuto
para conocer las leyes del mundo.
Un fragmento.
Una pieza, mínima e insignificante,
capaz de enseñarnos lo fácil
que resulta todo en ocasiones.
También vivir.



(de Habitación en W, La Isla de Siltolá, 2014)

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