martes, marzo 24, 2015

Los nadadores nocturnos (Manuel Vilas)

Voy a nadar al gimnasio, sí, prácticamente todos los días.
Bajo el agua parece que el fracaso no existe.

Miro a los otros nadadores de las otras calles de la gran piscina.

Nos miramos vagamente; las gafas de bucear impiden
ver el color de los ojos, ver los rostros torturados.

Nadamos y nadamos como fantasmas hasta las once de la noche,
cuando cierra el gimnasio.

Es obvio que no tenemos dónde ir.

Luego nos vemos en las duchas, desnudos.

Somos cinco o seis.

El encargado nos conoce.

Somos siempre los mismos, a veces falla alguno.

No nos hablamos.

Si falla alguno, pensamos con alegría que se ha atrevido,
que al fin alguno de nosotros lo ha hecho,
que se ha levantado la tapa de los sesos,
hasta que al día siguiente reaparece.

Nos hace ilusión pensar que ya quedamos menos.

Sabemos perfectamente por qué nadamos por la noche.

Hay un bar de copas al lado del gimnasio.

Ninguno de los nadadores nocturnos
quiere llegar a casa a las once y media.

No hay gimnasio con piscina
que abra hasta las seis de la madrugada.

En el bar nos encontramos, no nos hablamos.

Conocemos nuestros rostros, el color de nuestros bañadores,
el modelo de gafas, buenas y caras gafas siempre,
Adidas de competición rojas o azules,
la fuerza en la brazada, el estilo del crol
de cada uno de nosotros, los nadadores nocturnos.

Bebemos en ese bar, regentado por chinos casi muertos,
después de haber nadado hasta el agotamiento.

Bebemos y nadamos, esa es nuestra vida,
pero jamás, nunca jamás nos dirigimos la palabra,
es un pacto, un raro pacto entre samuráis hundidos.

Si alguno de nosotros necesita algo,
solo le prestaremos
el estilete más afilado de España.

La muerte nos gusta, por eso nadamos y nadamos
hasta que el gimnasio cierra y nos echan,
con los brazos convertidos en acero, músculos
tan atormentados, tan desesperados
como los planetas sin nombre,
dando tumbos en la estúpida oscuridad del universo.

Siempre estamos esperando
que alguno no venga nunca más,
pero resistimos como hijos de perra,
todo un misterio de los nadadores nocturnos.



(de El hundimiento, Visor Libros, 2015, XVII Premio de Poesía Generación del 27)

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sábado, marzo 07, 2015

ALGUIEN (Natalia Litvinova)

Alguien limpia
con un pañuelo

transparente

donde me nace
la angustia.

Ojalá sea tu mano.
Ojalá te ensucie.



(de Grieta, Amargord Ediciones, 2014)

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lunes, febrero 16, 2015

Localización de exteriores (Víctor Peña Dacosta)

Mi adolescencia fue siempre una siesta,
en ocasiones compartida, mínima
antología de cerveza fría
y sexo caliente a un precio excepcional.

Mi madurez, en cambio, una resaca
con altibajos, arroz chino y suave
síndrome de abstinencia emocional
de media hora los viernes por la tarde.

Mi vida, en general, ha consistido
en hacer mudanzas, perder el tiempo
y los papeles, mantener los hábitos
y la paciencia, intentar acordarme
de dónde había dejado las llaves.

Nunca partí al exilio, jamás vestí uniforme,
fui víctima de un ERE y me fui de vacaciones
pensando en quedarme. Sobreviví a mil reuniones
y a demasiadas madrugadas
entre desconocidos kamikazes.
Al final dije, como tantos,
adiós a las barras y empecé a beber
en casa, como un burgués arruinado
entre las ruinas de su vagancia.
Leí ensayos, compré corbatas
y me enamoré para siempre
un par de veces a la semana.

Y, al menos una de ellas, fue de ti.



(de La huida hacia delante, Isla de Siltolá, 2014)

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miércoles, enero 28, 2015

Vestida de domingo (María Alcantarilla)

A lo inservible como a la voz callada
ante el decir de otra voz que no conoce.
A la luz que se presiente sin ser luz,
batida a la mitad de cualquier día.
A ti, que no eres nadie y te imagino
vestida de domingo,
alta,
asomada a la única ventana de la sombra.
A mí, vano espacio que pretendo lo demás
sin saber siquiera cómo hará la vida
para citarme hoy y que la escuche.



(de Ella: invierno, Valparaíso Ediciones, 2014)

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miércoles, enero 21, 2015

La cura (Álex Chico)

A veces todo lo importante
sucede en una minúscula fracción de tiempo:
el dibujo que alguien traza mientras cae,
la línea transparente del curso del agua.
Ambos vuelven de lejos
y se reúnen con otra corriente más lejana.
La grieta se abre y nos descubre,
en su profundidad, una razón oculta.
(La alegría que supone vivir a solas
cuando te protegen ciertos seres,
igualmente invisibles.
La forma de estar en otros.
Los aplausos de un auditorio en ruinas.
La piel al descamarse lentamente por el frío).

Basta sólo un minuto
para conocer las leyes del mundo.
Un fragmento.
Una pieza, mínima e insignificante,
capaz de enseñarnos lo fácil
que resulta todo en ocasiones.
También vivir.



(de Habitación en W, La Isla de Siltolá, 2014)

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domingo, noviembre 23, 2014

Preconizar el derrumbe (Sara Torres)

Preconizar el derrumbe de todos los nombres dados
negar y renacer milagro en otras lenguas
ver llegar desde la entraña la palabra primera;

que suene amando
y maldiciendo



(de La otra genealogía, XV Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven, Ed. Torremozas, 2014)

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martes, noviembre 18, 2014

Dummy (José Luis Piquero)

En realidad ya estoy acostumbrado:
ni siquiera me duele.

Antes era peor: perspectivas de viaje que siempre se truncaban (y a los niños
no les daba ni tiempo a marearse),
el déjà vu del susto y un punzante
sentimiento de culpa:
no he sabido cuidar de mi familia.

Luego uno aprende a relativizar
y no faltan ventajas: nada de preocuparse por ascensos
o por pagar facturas,
mis hijos nunca traen malas notas,
mi mujer no me engaña: se sienta y cierra el pico.

Somos una familia peculiar: el señor Ave Fénix y señora
con sus encantadores chiquillos soñolientos.
Tan ciegos, tan tenaces
en el error. Tan tontos.

Ya lo sé: damos risa.

Tengo este sueño: pego un volantazo
de lo más inspirado, piso a fondo,
esquivo a un ingeniero y salimos a escape
carretera adelante, hacia auroras blanquísimas, el cielo de los dummies.
Y al despertar os odio. ¡Dios mío, cómo os odio!

Óyeme tú, viajero, que recorres triunfante la autopista
y a tu corazón baja
el canto eterno de la radio-fórmula.
Acuérdate de mí cuando, muerto de miedo,
levantes la cabeza llena de sangre y grites:

"¡Santo Dios, no lo he visto!
"¡Santo Dios, no lo he visto! ¿Estáis bien?".
"¡Santo Dios, no lo he visto! ¿Estáis bien?". Y el silencio.




(Poema inédito publicado en Cincuenta poemas, Antología personal (1989-2014), La isla de Siltolá, 2014)

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