lunes, enero 04, 2010
Equilibrio
Soy recepcionista con nociones de ballet.
Busco un empleo acorde a mis capacidades.
Amplia experiencia como estatua de sal
amamantador de serpientes
ladrón de bodegones
actor de teatro para cumpleaños y otras fiestas.
Me ofrezco como profesor nativo.
Aborigen.
Sí a todo.
Apto para cubrir vacantes en púlpitos y pedestales,
para servir de molde a estatuas y monumentos,
para estampar mi firma en una foto, un índice, una piel.
Dotado de una torpeza manual inusitada
y un portentoso sentido del ridículo,
puedo ejercer de marinero en tierra prometida
o apagar incendios con el brillo de mis manos.
Especialista en masajes con aplicación de ungüentos
en las zonas más dañadas del Espíritu Santo.
Disponibilidad inmediata para volar bajito
para abandonar el barco
para caer
con todo con todo
con todo el equipo.
Soy recepcionista.
Olvidé las mallas.
(Y las piernas ya no me sostienen).
Soy recepcionista con nociones de ballet.
Busco un empleo acorde a mis capacidades.
Amplia experiencia como estatua de sal
amamantador de serpientes
ladrón de bodegones
actor de teatro para cumpleaños y otras fiestas.
Me ofrezco como profesor nativo.
Aborigen.
Sí a todo.
Apto para cubrir vacantes en púlpitos y pedestales,
para servir de molde a estatuas y monumentos,
para estampar mi firma en una foto, un índice, una piel.
Dotado de una torpeza manual inusitada
y un portentoso sentido del ridículo,
puedo ejercer de marinero en tierra prometida
o apagar incendios con el brillo de mis manos.
Especialista en masajes con aplicación de ungüentos
en las zonas más dañadas del Espíritu Santo.
Disponibilidad inmediata para volar bajito
para abandonar el barco
para caer
con todo con todo
con todo el equipo.
Soy recepcionista.
Olvidé las mallas.
(Y las piernas ya no me sostienen).
Etiquetas: Poesía propia
lunes, diciembre 14, 2009
Tú no tienes nada
Tengo menos arrugas de las que necesito
un currículum cándido y vacío
varios kilos de carne inservible
una licencia de pastor perplejo
y algunos de mis fantasmas puestos a descongelar.
Tengo dos hijas que quieren comerse mis versos.
Tengo deudas con todos mis vecinos
mil doscientas ochenta entradas en google
siete vírgenes esperando tras la reja
tres mensajes grabados después de la señal
y pocas luces en el dormitorio.
Tengo dos hijas poetas que me dan de comer.
Tengo guardada en el cajón de mi escritorio
la esperanza de que esto sirva para algo.
Tengo abierta una cuenta pendiente
en el hueco, en el quicio, en el cruce.
Tengo bilis para regalar pero la cambio
por dos entradas de tribuna para el cielo.
Tengo hambre.
Tengo menos arrugas de las que necesito
un currículum cándido y vacío
varios kilos de carne inservible
una licencia de pastor perplejo
y algunos de mis fantasmas puestos a descongelar.
Tengo dos hijas que quieren comerse mis versos.
Tengo deudas con todos mis vecinos
mil doscientas ochenta entradas en google
siete vírgenes esperando tras la reja
tres mensajes grabados después de la señal
y pocas luces en el dormitorio.
Tengo dos hijas poetas que me dan de comer.
Tengo guardada en el cajón de mi escritorio
la esperanza de que esto sirva para algo.
Tengo abierta una cuenta pendiente
en el hueco, en el quicio, en el cruce.
Tengo bilis para regalar pero la cambio
por dos entradas de tribuna para el cielo.
Tengo hambre.
Etiquetas: Poesía propia
miércoles, diciembre 02, 2009
jueves, noviembre 26, 2009
Memorias del viento
No pasa nada.
No pasa nadie.
El viento ya murió.
Crujen rescoldos de ciudad en la ciudad oscura.
Crujidos y luego nada.
Vigas de hierro, papel pintado,
puertas tullidas, pétalos falsos,
crujen en un crujir de lamentos.
Aullidos lejanos Aullidos Lejanos Aullidos lejanos
parten el cielo en pedazos.
El cielo encapotado, bajo.
Sólo el silencio guarda silencio.
(El viento ya murió).
Ascensores varados entre muelles grises.
Si suben
no saben
o bajan.
Escaleras de cera caliente,
pasamanos de astillas de vidrio.
Únicamente el hueco.
Hedor a cadáver de automóvil.
Humo en la guantera.
Esqueletos quietos,
disfrazados de óxido,
esperan la mordedura de la muerte.
Restos de dientes y sangre seca en las aceras.
Nadie las pisa.
Nadie las pasa.
A lo lejos, una cara.
A lo lejos, una sombra
se difumina.
No pasa nada.
El viento, ya sabes…
No pasa nada.
No pasa nadie.
El viento ya murió.
Crujen rescoldos de ciudad en la ciudad oscura.
Crujidos y luego nada.
Vigas de hierro, papel pintado,
puertas tullidas, pétalos falsos,
crujen en un crujir de lamentos.
Aullidos lejanos Aullidos Lejanos Aullidos lejanos
parten el cielo en pedazos.
El cielo encapotado, bajo.
Sólo el silencio guarda silencio.
(El viento ya murió).
Ascensores varados entre muelles grises.
Si suben
no saben
o bajan.
Escaleras de cera caliente,
pasamanos de astillas de vidrio.
Únicamente el hueco.
Hedor a cadáver de automóvil.
Humo en la guantera.
Esqueletos quietos,
disfrazados de óxido,
esperan la mordedura de la muerte.
Restos de dientes y sangre seca en las aceras.
Nadie las pisa.
Nadie las pasa.
A lo lejos, una cara.
A lo lejos, una sombra
se difumina.
No pasa nada.
El viento, ya sabes…
Etiquetas: Poesía propia
miércoles, noviembre 25, 2009
Que no llegue aún la parca
Quim Monzó (en La Vanguardia, 25/11/2009)
–Papá...
Quim Monzó (en La Vanguardia, 25/11/2009)
En la cama, un anciano francamente demacrado tiene la mirada fija en la pared de enfrente. Su hijo mantiene la mano izquierda entre las suyas y susurra:
–Papá...
Entra la enfermera, con ese aire forzadamente pizpireto que utilizan. Lo hacen con el sano objetivo de insuflar un poco de optimismo a la situación, que, en general, en los hospitales no está como para tirar cohetes.
–¿Qué tal vamos hoy, Daniel?
Al hijo le fascina cómo, de forma metódica, las enfermeras siempre incluyen en el saludo el nombre del paciente: para que se sienta reconocido y apreciado, para que perciba un trato personalizado.
–Ay, mal, muy mal... –dice el anciano.
–¡No diga esas cosas, Daniel! A ver si me voy a enfadar... Si está usted como un pimpollo.
–Ay, no. ¿Para qué engañarnos? Yo noto que esto ya se acaba...
–¡Vaya cosas de decir, Daniel! –finge indignarse la enfermera, mientras cambia una de las dos bolsas del soporte para los dispositivos de perfusión–. Bueno, esto ya está. ¡Hasta luego, Daniel!
–Hasta luego –dice el hijo.
–Ay... –dice el anciano.
–¿Estás bien, papá?
El hombre gira la mirada hacia su hijo. Sabe que, para él, ya no es más que una carga, y por eso mismo piensa que lo mejor sería que todo acabase ya. Fuerza una sonrisa, pero a penas consigue una mueca lúgubre.
–No, no estoy bien. Ya sabes tú que no estoy bien, que esto se acaba. Y no me quejo... –Tose repetidamente–. No me quejo porque, al fin y al cabo, he vivido una vida bastante feliz. –Le cuesta hablar–. Os tengo a ti y a Teresa..., y a mi nieto..., pero sabes que desde que mamá murió yo ya no he sido el mismo.
–Ya verás como todo irá bien. De aquí a un par de semanas volverás a casa y...
–No. No volveré a casa. Te lo digo en serio... –Vuelve a toser–. Yo sé que de aquí no salgo... Sé que voy a morirme aquí, y pronto.
–Pero, papá, no digas eso. ¡No puedes morirte ahora!
–¿Cómo que no...? –El hombre vuelve a toser.
–¡Tienes que resistir, papá!
–Resistir, no... ¿Por qué?
–Pues porque... Porque aún tienes vida por delante. ¡Tienes que resistir, tienes que vivir! Hazlo por mí y por Teresa, ¡y por tu nieto!
–A Navidad no llego, que te lo digo yo.
El anciano encadena un acceso de tos tras otro, y agita la mano en busca de la pera para llamar a la enfermera. Su hijo la encuentra bajo la almohada y, mientras la aprieta una y otra vez, le dice:
–Aguanta, papá, ¡sé fuerte!, aguanta al menos un año más, hasta que aprueben la reforma del impuesto de sucesiones.
Etiquetas: Artículos
jueves, noviembre 19, 2009
El tiempo en mis ciudades
Es extraño el tiempo en mis ciudades,
como el sudor pegado a las paredes del verano.
El tiempo es como el sol, como la arena.
Un vidrio viejo con manchas dactilares.
Mi reloj busca un lugar donde pasar la noche,
un refugio seguro contra el ruido.
Una mesa para que trepen las hormigas
impacientes, lentas, atropelladas, escuálidas.
A veces pienso en ello las cuarenta y ocho horas del día,
los veinticuatro minutos del cielo,
las treinta semanas en la sala de espera,
los trescientos sesenta y seis años que dura un beso.
A veces cambio de habitación de hotel
sin motivos y sin huellas en la alfombra.
Me traslado del segundo piso al undécimo,
visito los huesos desnudos de mis antepasados
y regreso a la incubadora sobre una grúa con cara de nada.
Esta casa caliente como un útero
como una madre
como un nicho
como un recuerdo
como esta habitación de hotel en la planta once,
donde dormiré esta noche larga de tigres dolientes.
Es extraño el tiempo en mis ciudades,
como un jueves sin ascensor en el pasillo,
como una vía de aceite en las arterias.
Esta zarza que no sabe consumirse a solas.
Esta sábana que sueña conmigo entre las dunas.
Este juego sucio de pistas falsas y final incierto.
Es extraño el tiempo en mis ciudades,
como el sudor pegado a las paredes del verano.
El tiempo es como el sol, como la arena.
Un vidrio viejo con manchas dactilares.
Mi reloj busca un lugar donde pasar la noche,
un refugio seguro contra el ruido.
Una mesa para que trepen las hormigas
impacientes, lentas, atropelladas, escuálidas.
A veces pienso en ello las cuarenta y ocho horas del día,
los veinticuatro minutos del cielo,
las treinta semanas en la sala de espera,
los trescientos sesenta y seis años que dura un beso.
A veces cambio de habitación de hotel
sin motivos y sin huellas en la alfombra.
Me traslado del segundo piso al undécimo,
visito los huesos desnudos de mis antepasados
y regreso a la incubadora sobre una grúa con cara de nada.
Esta casa caliente como un útero
como una madre
como un nicho
como un recuerdo
como esta habitación de hotel en la planta once,
donde dormiré esta noche larga de tigres dolientes.
Es extraño el tiempo en mis ciudades,
como un jueves sin ascensor en el pasillo,
como una vía de aceite en las arterias.
Esta zarza que no sabe consumirse a solas.
Esta sábana que sueña conmigo entre las dunas.
Este juego sucio de pistas falsas y final incierto.
viernes, noviembre 13, 2009
Lazos
Amo tu ombligo sobre todas las cosas.
Tu ombligo paciente.
Tu ombligo libre.
Tu ombligo menguado.
Tu ombligo en sangre.
Tu ombligo hondo.
Tu ombligo sonrisa.
Tu ombligo sostén.
Tu ombligo silencio.
Tu ombligo mañana.
Tu ombligo bésame.
Tu furioso ombligo.
Tu ombligo salado.
Tu ombligo agua.
Tu ombligo bastante.
Tu ombligo cicatriz.
Tu ombligo tímpano.
Amo el rostro de tu ombligo.
Amo el grito de tu ombligo.
Amo el sexo de tu ombligo.
Amo la guadaña de tu ombligo.
Tu ombligo.
Amo tu ombligo.
Tu eterno
prematuro
presente
numeroso
último
ombligo.
Amo tu ombligo sobre todas las cosas.
Tu ombligo paciente.
Tu ombligo libre.
Tu ombligo menguado.
Tu ombligo en sangre.
Tu ombligo hondo.
Tu ombligo sonrisa.
Tu ombligo sostén.
Tu ombligo silencio.
Tu ombligo mañana.
Tu ombligo bésame.
Tu furioso ombligo.
Tu ombligo salado.
Tu ombligo agua.
Tu ombligo bastante.
Tu ombligo cicatriz.
Tu ombligo tímpano.
Amo el rostro de tu ombligo.
Amo el grito de tu ombligo.
Amo el sexo de tu ombligo.
Amo la guadaña de tu ombligo.
Tu ombligo.
Amo tu ombligo.
Tu eterno
prematuro
presente
numeroso
último
ombligo.
Etiquetas: Poesía propia