viernes, enero 20, 2012
La despedida de la carne (Francisco Brines)
Se gastaron mis manos y mis ojos en numerosos cuerpos,
y solo sé
que el mirar complacido y las lentas caricias
anulaban el mundo
que no era el territorio precioso de la carne.
Ni el humo de los leños que ardieron
puede ya retornar.
Adoré lo que el tacto adoró. Lo sé como me sé.
Y me es ajeno y débil como si fuese imaginado.
Sigo siervo del dios que me otorgó una vida
por la que la desdicha pudo ser aceptada.
Hoy ven los ojos, en la presencia de la carne,
igual lo diferente,
y el tacto del que oficia no halla nada
que le otorgue el temblor:
mi cuerpo ya es la llaga de una sombra.
El dios que tanto dio para quitármelo,
y al que nunca recé, ni fui blasfemo,
también se desvanece como si fuese un cuerpo.
Misericordia extraña
esta de recordar cuanto he perdido,
y amar aún su inexistencia.
Etiquetas: Mis poetas
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Quid pro quo...
No soportaba dejarlo solo en la habitación después de que murió.
Durante meses siempre hubo alguien con él,
estuviera dormido, despierto, en coma, siempre alguien,
pero después nos quedábamos fuera y él dentro,
solo: como si lo único importante fuera su conciencia,
ese hombre que tuvo tan poca conciencia, que fue 90% cuerpo.
Yo no soportaba esa forma de tratarlo como basura,
íbamos a quemarlo, como si sólo importara el alma.
Quién era ése si no él, tirado ahí, seco y abandonado.
Me enfrentaría a quienquiera que no respetara ese cuerpo:
que viniera un estudiante de medicina
y se atreviera a hacer un chiste sobre su hígado y lo derribaría.
Hubiera sido tan bueno tener a quien derribar.
Y si lo íbamos a quemar, quería quemarlo entero, no ver
su brazo mañana en el cuerpo de alguien
en Redwood City, o que le arrancaran
la lengua para transplantarla, o ese ojo renuente.
Y qué si su alma ya no estaba,
yo lo conocí desalmado toda mi infancia,
lo veía acostado en el rincón más oscuro de la sala
con la boca abierta en el sofá y ahí no había nada más que su cuerpo.
Así que en el hospital, me quedé a su lado, acaricié sus brazos, su cabello,
no pensaba que estuviera ahí
pero igual ése era el hombre que yo había conocido,
un hombre hecho de sustancia espesa,
un hombre crudo, como esos seres primitivos
que poblaban el mundo
antes de que Dios tomara su peculiar arcilla
y creara a su propia gente.
Sharon Olds (San Francisco, EE.UU., 1942)
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No soportaba dejarlo solo en la habitación después de que murió.
Durante meses siempre hubo alguien con él,
estuviera dormido, despierto, en coma, siempre alguien,
pero después nos quedábamos fuera y él dentro,
solo: como si lo único importante fuera su conciencia,
ese hombre que tuvo tan poca conciencia, que fue 90% cuerpo.
Yo no soportaba esa forma de tratarlo como basura,
íbamos a quemarlo, como si sólo importara el alma.
Quién era ése si no él, tirado ahí, seco y abandonado.
Me enfrentaría a quienquiera que no respetara ese cuerpo:
que viniera un estudiante de medicina
y se atreviera a hacer un chiste sobre su hígado y lo derribaría.
Hubiera sido tan bueno tener a quien derribar.
Y si lo íbamos a quemar, quería quemarlo entero, no ver
su brazo mañana en el cuerpo de alguien
en Redwood City, o que le arrancaran
la lengua para transplantarla, o ese ojo renuente.
Y qué si su alma ya no estaba,
yo lo conocí desalmado toda mi infancia,
lo veía acostado en el rincón más oscuro de la sala
con la boca abierta en el sofá y ahí no había nada más que su cuerpo.
Así que en el hospital, me quedé a su lado, acaricié sus brazos, su cabello,
no pensaba que estuviera ahí
pero igual ése era el hombre que yo había conocido,
un hombre hecho de sustancia espesa,
un hombre crudo, como esos seres primitivos
que poblaban el mundo
antes de que Dios tomara su peculiar arcilla
y creara a su propia gente.
Sharon Olds (San Francisco, EE.UU., 1942)
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